Sobre la belleza de las cosas
| Tomates Verdes Crudos en Universo Gay
2012
20
Feb
Sobre la belleza de las cosas
Por Mónica Martín
10, 9, 8... soltar los pies. Los dedos de los pies. ¿Cómo se hacía?. Inspira, respira. Inspira, respira... 7, 6, 5. Relajar las piernas, la cadera, los tendones y los gemelos. No puedo. Borrar su imagen de la mente. Borrar sus ojos, su voz, sus pestañas. No puedo. Inspira, respira, inspira, respira. Pensar en el mar. En la brisa, en las sardinas. En las gaviotas, los puestos, la altura. Pensar en esa costa inmensa que parecia no tener fin, con una montaña enorme coronandolo todo, rompiendose por la mitad para convertirse en un acantilado. 4, 3, 2, 1...
Esta noche he tenido un sueño. Un sueño de esos en los que parece que no hay gravidez, en los que parece que en realidad pesas mucho menos de lo que realmente pesas. Iba caminando por el borde de un acantilado; me recordaba a las costas de Ericeira en Portugal, donde le compré una taza a Ella. Había un viento tremendo y podía hacer el Ángel en el borde de la piedra sin peligro de caerme. Esa era mi sensación principalmente, podía inclinarme sobre el agua helada del océano Atlántico sin peligro de matarme al estrellarme contra la pared de agua salada, caminar por la piedra resbaladiza, asomarme a un precipicio de 40 metros de altura en el que no hay una triste valla de protección, abrir los brazos e inclinarme 45 grados y esperar, claro, que no suceda nada con mi cuerpo. Esperar, sencillamente que flote, porque es un sueño, porque no iba vestida de lino blanco y todo el mundo sabe que cuando alguien se viste de lino blanco en un sueño o una obra o un libro es para morirse salpicándolo todo de sangre, porque tenía confianza en que esta vez mi subconsciente no iba a dejarme marchar hacia un abismo infinito, solitario y triste en el que nadie, nadie, pudiera llegar hasta mí.
Me acuerdo del viento y la bruma oceánica azotando mi cara. En las costas de Portugal el viento no es un brisa ligera, es una especie de huracán que te castiga la piel y te levanta salpullidos. Ese era el sueño, ese era el sueño en el pasado. Alguna parte de mí, paseando por un acantilado en el que había un cartel que ponía: Perigo, FreeFall, escrito a mano en rojo y una figura de una persona cayendo al vacío. Una figura de una persona que en realidad era un hombre que llevaba traje y corbata, cayendo al vacío. Una figura de un hombre que llevaba una taza en la mano y caía a la profundidad de un océano que le abrazaba sin emitir un solo grito de pánico.
Pasear dentro de un sueño es como eyacular dentro de un bote cristal aséptico. No tienes sensación de peligro, sabes que toda la vida que estaba dentro de ti va a terminar en un lugar seguro y salvo. Tienes la plena consciencia de que va a ser usado correctamente en el futuro, aún con lágrimas, aún con ecos que retornan en sueños, aún con el sacrificio de saberte a salvo en un orgasmo onírico creador de vida. Que no se pueden tener orgasmos en sueños... que tontería, cada sueño es un orgasmo y cada orgasmo un sueño. Son presentes que vaticinan caricias en la esquina de ese bote absurdo del laboratorio de nuestra fantasía, son las millones de imágenes que se nos escapan cerca de los acantilados. Son las plantas que florecen desafiando a las olas.
No puedo resistir la tentación de escribir sobre el océano. Es de las pocas imágenes que me llegan del mundo exterior y que me parecen increíblemente bellas por fuera. ¿No os pasa alguna vez, que miráis al océano y pensáis, que es imposible que algo tan hermoso pueda haceros daño?. Luego miras a las personas que te rodean y un escalofrío de miedo, angustia, ira y desesperación recorre tu espalda. Solo quieres tumbarte boca arriba en el suelo de tu casa y mirar el techo. Hay miradas tan frías y duras que la temperatura media del océano hacen que parezca el puto infierno.
Después estás en la playa, en la misma costa en la que le compraste una taza a Ella solo porque te contó que cuando iba a los sitios, siempre se llevaba una taza de café de recuerdo. Te lo dijo con esa sonrisa de ángel que volvió tu mundo patas arriba y pagas gustosamente, ante un tenderete cualquiera en Ericeria, los cinco euros que el tendero de turno te pide por una taza que tú sabes que no los vale. Lo haces con la esperanza de que se tome un café por la mañana pensando en ti, sin entender muy bien porque necesitas que te recuerde a esas horas intempestivas.
Ese vacío vuelve a tu estomago en forma de arcada, ahora solo quieres caminar hacia la orilla mientras el gentío te mira atónito, como si al parecer fueras la única persona de todas las allí presentes, que no se da cuenta de que es imposible entrar en el agua con semejante temporal de viento y frío, porque a pesar de ser julio el viento oceánico pone todas las uñas del cuerpo moradas. Tiemblas. Al mismo tiempo tienes frío y calor. La arena se levanta en remolinos y salpica tu cuerpo, hay cierta rabia en ello pero, a ti te parece igualmente salvaje y sexual. Te dejarías hacer cualquier barbaridad por ese banco de arena húmeda, salada e implacable. En cualquier postura, en cualquier momento. Incluso en este, en el que parece que hay algunos surferos autóctonos enfundados en neopreno que han decidido coger la ola de su vida. El sol va deslumbrando tus pasos, que se dirigen de manera segura y firme hacia la orilla. Algunas personas que visten zapatos de calle van corriendo hacia ti para evitar que te tires a ese festival de olas que terminará seguro con tu vida. Oyes sus voces de fondo pero, no te importa. No tienes gravidez y puedes andar más rápido, incluso descalza. Miras por un momento al horizonte por encima de esas enormes olas y ves una masa informe de agua salada de color azul oscuro. Azul profundo. Azul casi negro. Es como una enorme bestia negra que ruge, sabes lo que quiere, sabes para qué te está provocando y para qué te busca, para que metas tus pequeños pies humanos en sus dominios y así poder engullirte y arrastrarte, hasta que no te quede fuerza o voluntad para salir al exterior, aún así no puedes evitarlo, mientras el grupo de surfistas se debaten entre la vida y la muerte entre las olas de cinco metros enfundados en esa especie de látex negro, tú avanzas y te da igual. Te da igual todo, solo quieres que algo que no sea humano te de un bofetón en la cara, te congele, te revuelque, te haga perder la consciencia durante un rato, haga que tu sangre se detenga, que detenga esa locura, ese amor que no existe, ese dolor que llaman platónico pero, que duele como si fuera real. Solo quieres que el agua helada te viole, con el peso de los años que no has vivido, con todas esos sueños que será imposible que vivas, con esos sentimientos y sonrisas que tenías guardadas para Ella y que lamentablemente nunca entenderá. Solo quieres que el Atlántico te trague y después te arroje, como si fueras un pedazo de alguna cosa que no tiene identidad, contra el banco de arena húmeda y caliente, salada, que se empeña en desvirgarte por enésima vez. Las lágrimas se confunden con la brisa, con la arena, con el intempestivo viento que no hace más que despeinar, los sueños de una mujer que era demasiado joven para entender lo que en realidad estaba sucediendo.
En el quicio de la puerta de una orilla de Ericeria, tu amante salado gime, con un rugido de león hambriento. Tú te callas, también por dentro, un poco para dejar de sentir el dolor que produce en ti el recuerdo de Ella, un poco para olvidarte de que has venido acompañada del que va a ser tu marido de por vida, un poco porque solo quieres dejarte arrastrar marea abajo hasta que todas las cosas bellas que recuerdas desaparezcan para siempre. También esa experiencia que piensas que nunca tendrás, también ese sentimiento roto de belleza inalcanzable que te rodea cuando despiertas al lado de la persona equivocada. También cuando, ya eres consciente de que aunque lo intentes con un esfuerzo épico, jamás podrás darle la oportunidad que él se merece.
Una a veces mira o sueña o sueña que mira un horizonte que parece que es bello y no puede evitar despertarse con lágrimas en los ojos, al darse cuenta, de que la belleza es el dolor sobre el que recaen los sueños más raros del mundo.
Acerca de Mónica Martín
Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.
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Belleza, inspiración... sin palabras. Gracias Mónica.
Por seaofdudes - 05/03/2012 0:50
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